En el pueblo de Arinj, bajo una casa aparentemente común, se esconde un secreto que tardó veintitrés años en nacer. En 1985, Levon Arakelyan empezó a cavar una modesta bodega, pero una voz invisible lo condujo más hondo, hacia un mundo donde la tierra se convierte en crónica de piedra. Con solo sus manos y un martillo, sin planos ni máquinas, levantó un reino subterráneo que desciende 21 metros y se extiende por más de 300 m².
Arcos y escaleras, nichos y pasillos parecen menos obra humana que diseño del destino. Cada giro habla de la fuerza de la fe y demuestra que un sueño puede romper los límites de lo posible. Levon ya no está, pero su creación permanece – como un templo subterráneo erigido por la voluntad de un solo hombre. Las piedras de la cueva guardan el aliento de su esfuerzo, y cada visitante siente esa silenciosa presencia.
"El subterráneo divino del Maestro Levon" se ha convertido en leyenda, símbolo de perseverancia e inspiración, prueba viva de que el espíritu humano puede tallar la eternidad incluso en las entrañas de la tierra.
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