En la ladera sur del majestuoso monte Ara se oculta un antiguo santuario rupestre dedicado a Santa Bárbara. Desde hace siglos atrae a peregrinos que creen en su santidad y en su poder milagroso.
Dos leyendas, transmitidas de generación en generación, están ligadas a este lugar sagrado. La primera cuenta que Santa Bárbara se refugió en la cueva para escapar de la ira de su propio padre, que quería matarla por confesar la fe cristiana. Antes de su martirio, elevó una plegaria a Dios, pidiendo que los niños enfermos de viruela y rubéola fueran sanados en su nombre. La súplica fue escuchada, y desde entonces se la venera como protectora de los niños enfermos.
La segunda leyenda habla de una joven llamada Tsaghik – "flor" –, perseguida por un gobernante cruel. Desesperada, se escondió en la cueva, subió a la roca y se lanzó al vacío, prefiriendo la muerte a la deshonra. Se cree que el agua que aún mana del techo de la cueva son sus lágrimas eternas, dotadas de poder curativo.
Estas tradiciones convierten al santuario no solo en un lugar de oración, sino también en símbolo de fe, pureza y fortaleza del espíritu humano.
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