Oculto entre los bosques de frondosas del Tavush, el monasterio de Haghartsin parece salido de las páginas de un antiguo manuscrito, donde muros de piedra y naturaleza se funden en perfecta armonía. Fundado entre los siglos X y XIII, durante siglos fue no solo un refugio espiritual, sino también un centro cultural que atrajo a monjes, peregrinos y maestros artesanos. El conjunto incluye las iglesias de San Gregorio, Santa Madre de Dios y San Esteban, así como celdas monásticas y edificios auxiliares cuidadosamente integrados en el paisaje montañoso.
En tiempos pasados, junto al monasterio crecía una encina colosal, casi coetánea al complejo, cuyas ramas extendidas escucharon el tañido de campanas y el murmullo de oraciones. Hoy solo queda parte de su tronco hueco, convertido en una especie de santuario para quienes creen en los milagros. Según una antigua leyenda, quien logre atravesar su estrecha abertura mientras pide un deseo verá cómo este se cumple. La tradición sigue viva, y muchos visitantes realizan este acto simbólico como si mantuvieran un hilo invisible entre pasado y presente.
Al pasear por los tranquilos patios de Haghartsin, rodeados por aromas del bosque y sombras de las montañas, se siente cómo la historia centenaria y la naturaleza viva se entrelazan, creando una atmósfera de profunda paz. Aquí el tiempo parece fluir más lentamente, permitiendo a cada uno tocar el misterio y la belleza de la antigua Armenia.
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