Entre los riscos salvajes del cañón de Kotayk, donde el viento lleva el aroma de piedra y pino, aparece el monasterio de Geghard, como si la montaña misma hubiera tallado un santuario para la eternidad. Sus muros, mitad fortaleza, mitad cueva, son oraciones convertidas en roca. Aquí el silencio está vivo, impregnado del eco de himnos milenarios.
En los siglos XII-XIII, los monjes dieron forma a un mundo único. Excavaron iglesias y celdas en la montaña, llamando al lugar primero Ayrivank, el "monasterio de la cueva". Más tarde tomó el nombre Geghard, "lanza", en honor a la reliquia sagrada que, según la tradición, perforó el cuerpo de Cristo.
El conjunto es un diálogo entre la tierra y el cielo: la iglesia principal Katoghike, su nártex en penumbra, las capillas rupestres secretas, un pequeño oratorio y la Iglesia de la Santa Madre de Dios, la más antigua de todas. Las salas frescas, talladas en el corazón de la montaña, parecen respirar, guardando el susurro de los peregrinos que murmuraban oraciones en la sombra. Entre los monasterios y celdas excavados en la roca se destaca la heráldica armenia medieval, que demuestra el poder de las familias principescas armenias, el encanto de la arquitectura palaciega y los deslumbrantes tejidos y ornamentos mucho antes del Renacimiento.
Hoy Geghard no es solo un sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO, sino un milagro vivo. Al cruzar sus pasajes excavados en la roca, el tiempo se detiene. La luz entra por las rendijas y convierte la piedra en oro, y por un instante lo terrenal y lo celestial se funden.
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