En la margen derecha del río Hrazdan se encuentra la colina Tsitsernakaberd, que se traduce del armenio como "fortaleza de las golondrinas". Según el folclore local, estas hermosas aves eran mensajeras de amor de los dioses paganos armenios Vahagn y Astghik y vivían en esta colina.
En este misterioso lugar, donde el cielo parece inclinarse hacia la tierra, se alza el memorial dedicado a las víctimas del genocidio armenio de 1915. Sus líneas sobrias y sus formas solemnes parecen ser la continuación misma del duelo, petrificado para siempre en la piedra. El alto obelisco, que se eleva hacia el cielo, simboliza no solo el dolor de las pérdidas, sino también el renacimiento de un pueblo que supo levantarse de las cenizas de la tragedia.
En el centro de la composición arde la llama eterna, bajo la sombra de doce pilones inclinados que parecen llorar sobre su pueblo. Cada año, el 24 de abril, miles de personas acuden aquí – descendientes de los sobrevivientes y guardianes de su memoria – para depositar flores y unirse en silencio. Ese día, la colina se cubre con una alfombra roja de claveles, y el silencio se vuelve más elocuente que cualquier palabra.
Tsitsernakaberd no es solo un monumento, sino el corazón vivo de la memoria, donde resuenan el dolor, el amor y la esperanza inextinguible. Aquí cada paso recuerda: el tiempo puede pasar, pero la memoria es eterna.
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