A gran altura, entre las cordilleras de Armenia, se extiende el lago Sevan – el corazón azul del país, que late al compás del viento y del sol. La leyenda cuenta que aquí, antaño, se alzaba un valle verde, hasta que el cielo derramó sus lágrimas y lo llenó de agua para entregar a la humanidad un regalo invaluable.
Hoy, este majestuoso lago de 1400 kilómetros cuadrados guarda en sus profundidades el silencio de los siglos. Veintiocho ríos lo alimentan, pero solo uno – el Hrazdan – se lleva sus aguas, como si custodiara las riquezas del Sevan. Montañas de hasta tres mil metros forman su marco silencioso, mientras el agua cristalina cambia de color, del azul celeste al zafiro profundo, siguiendo el ánimo del cielo. Al amanecer, el lago se tiñe de oro; al atardecer, se viste de carmesí y violeta, transformándose en un espejo vivo del firmamento.
Desde la antigüedad, el Sevan ha sido venerado como sagrado: en sus orillas se elevaban plegarias, se celebraban rituales y se pedía protección y bendición. En sus aguas transparentes parece habitar el alma misma de Armenia – orgullosa, pura y eterna. Y basta escuchar el suave murmullo de las olas para oír una voz antigua que narra historias de una tierra donde el agua y el cielo están unidos para siempre por el amor.
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