En la ladera occidental del imponente monte Aragats, entre riscos abruptos y vientos incansables, se esconde Harichavank, un monasterio antiguo que aún guarda el aliento de los siglos. Los especialistas sitúan su origen en el siglo VII, cuando los primeros muros del complejo se alzaron hacia el cielo como signo de fe y fuerza espiritual. En el siglo XIII el monasterio se enriqueció con una iglesia y un gavit, convirtiéndose en un centro religioso destacado. Más tarde, en el siglo XIX, fue residencia de verano de los catolicós armenios, lo que aumentó aún más su relevancia.
Una de las curiosidades más singulares de Harichavank es su pequeña sacristía cercana. Durante un terremoto, parte del promontorio rocoso se desprendió llevándose consigo la capilla. Sin embargo, no se derrumbó: permaneció inclinada, como suspendida entre el cielo y la tierra, desafiando al tiempo y a los elementos.
Hoy Harichavank atrae a los visitantes no solo por su arquitectura e historia, sino también por la atmósfera de armonía entre el ser humano y la naturaleza. Cada piedra guarda la memoria de antiguas oraciones, mientras que la capilla inclinada se ha convertido en símbolo de resistencia, recordando que la verdadera fe puede sostenerse incluso frente a las fuerzas más destructivas de la tierra.
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