En el borde de un acantilado triangular, sobre las aguas rugientes del río Azat, se alza el Templo Pagano de Garni, único guardián del legado clásico de Armenia que ha sobrevivido a los siglos. Sus columnas esbeltas, orientadas al sol, parecen continuar su silenciosa devoción a Mihr, el dios solar al que estuvo dedicado el templo.
En el siglo I d.C., el rey Tiridates I ordenó levantar aquí un santuario desde el cual se abrían vistas infinitas hacia montañas y desfiladeros, como si el propio Sol bendijera estas tierras. Con la llegada del cristianismo, los antiguos rituales se apagaron, y Garni se convirtió en residencia de verano de los reyes, donde ya no sonaban oraciones, sino el murmullo del descanso y la inspiración.
En 1679, la tierra tembló y el templo se derrumbó, convertido en un montón de piedras, como si la historia hubiera cerrado su página. Durante casi tres siglos durmió en ruinas, hasta que en el siglo XX la gran restauración devolvió a Garni su esplendor clásico.
Hoy, junto al templo, pueden verse vestigios de la fortaleza y del palacio real, y en los baños las mosaicos, con la curiosa inscripción: "Trabajamos y no recibimos nada". Esto sugiere que el edificio y la obra maestra de arte fueron un regalo al rey armenio. Hoy, cada cuatro años, se enciende una hoguera en el templo como símbolo de los Juegos Panarmenios, que reúnen en su patria a jóvenes armenios de todo el mundo.
Al detenerse en el borde del acantilado, parece que el viento trae el eco de los himnos sacerdotales, los pasos de la corte y el aliento de la antigua Armenia, donde leyenda e historia se entrelazan.
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