En la quietud de una llanura ancestral, bajo la mirada inmóvil de las montañas, se alza la catedral de Etchmiadzin – un santuario donde, según la leyenda, la tierra tocó el cielo. La tradición cuenta que San Gregorio el Iluminador tuvo una visión de Cristo, con un martillo de oro en la mano, golpeando el suelo para señalar el lugar donde debía erigirse el templo. Así nació Etchmiadzin – "El Unigénito Descendió" – destinada a convertirse en el corazón espiritual de Armenia.
Construida en el siglo IV, poco después de que el país se convirtiera en la primera nación del mundo en proclamar el cristianismo como religión oficial, se erigió como símbolo de fe y esperanza eterna. Sus muros fueron testigos de coronaciones y funerales, escucharon las oraciones de reyes y humildes peregrinos, y cada piedra guarda el aliento de los siglos.
Alrededor se levantan las iglesias de Santa Hripsime, Santa Gayane y Santa Shoghakat, dedicadas a las vírgenes mártires cuyo sacrificio consagró estas tierras. En el interior, el aire se impregna con aroma a incienso, la luz suave de las lámparas y el susurro de oraciones antiguas. Aquí el tiempo pierde su poder, y uno se siente parte de una gran historia donde fe, sacrificio y amor se entrelazan.
Hoy, incluida en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, Etchmiadzin sigue brillando como faro espiritual que guía a millones de corazones.
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